La Mujer del Abrigo

Texto: Rafael Hortal

Ilustración digital, 2020

Ilustración realizada en colaboración con el periodista Rafael Hortal, con una historia basada en la historia y leyenda del Mar Menor con un toque muy personal.

«La noticia de que una misteriosa mujer con abrigo aparecía y desaparecía en el entorno del Mar Menor corría por las redes sociales a la velocidad de la luz. Nunca la había visto pero me intrigó que todo el mundo hablara de ella, sobre todo el día que aparecieron muchos peces asfixiados en la orilla.

El pasado verano, tomando una cerveza en El Chinguirito de Los Narejos, escuché una conversación distendida entre la camarera y un agricultor de la zona que afirmaba que una mujer le amenazó con darle unos latigazos si no dejaba de echar fertilizantes con nitratos en sus campos porque terminaban en el mar. La describió como alta, pelirroja y acento extranjero. Me integré en la conversación por curiosidad; la camarera me dijo que un repartidor de cerveza la vio varias veces por el paseo de Los Nietos, sólo vestida con un abrigo, hiciera frío o calor. Los pescadores de Las Encañizadas también la vieron.

¿Cuánto tiempo llevaba esa mujer paseando por aquí? ¿Quién era? No tenía otra cosa mejor que hacer; me fui a Las Encañizadas de San Javier para preguntar a los pescadores.

—Es la rusa de la Isla del Barón —dijo el pescador de mayor edad.

—¿La ha visto usted?

—No. —dijo con “pesambre”, como dicen por aquí—.

—Mi amigo Juliano, el del bar, la vio quitarse el abrigo y bañarse desnuda, tiene una larga melena pelirroja y es muy guapa. —dijo el pescador más joven.

—Tu amigo Juliano siempre ha sido un fanfarrón, ¡ja, ja, ja! —Rió el pescador mayor—.

En el bar de Juliano todos lo tenían claro: la rusa del abrigo era la reencarnación de la princesa rusa que asesinaron en la isla Mayor, amaba el Mar Menor y por eso se le aparecía a los que contaminaban la laguna, aunque Juliano aseguraba que a él no le dio ningún miedo cuando la vio despojarse del abrigo para ir nadando desnuda a la isla del Barón. Dijo que alguien recogió el abrigo, los botines negros y el látigo de la arena y se los llevó.

Amablemente mostré interés por toda la historia que relataba con elocuencia, una hora después me quedé con los datos fundamentales: el Barón mandó construir en 1878 una casa de estilo neomúdejar en la isla Mayor, que desde entonces se la conoce como isla del Barón, y otra en San Pedro del Pinatar, que ahora es un museo municipal. El Barón vendió la casa a familiares del zar Nicolás II, a la señora la llamaban la rusa.

Una semana después era conocido como el inglés que busca a la rusa. Me obsesioné con encontrarla, paseaba por las playas intentando reconocer a esa mujer que no era leyenda, tampoco reencarnación, debía ser tan real como yo. Un día entero estuve aguardando en la rambla del Albujón, donde me aseguraron que la vieron cogiendo muestras de los vertidos. Me aconsejaron que preguntara por el organizador de la Feria del Libro en el Hotel Balneario de La Encarnación.

—¿Emilio?

—Sí, dígame.

—Estoy buscando a una mujer rusa con un abrigo de piel y un látigo.

—Esa es Wanda, menuda déspota, seguro que…

—¿La conoce? —Debió de sorprenderle mi pregunta y mi cara de satisfacción.

—¿Qué? ¿Cómo? —dijo aturdido—. Esa novela no la tengo aquí, sólo he traído las obras de los escritores murcianos. ¡Son cientos!

Me despedí con cara compungida, a la vez desilusionado y cabreado por ser tan ingenuo. Mientras escuchaba a Lou Reed cantar Venus in furs, leí La Venus de las Pieles (Leopold von Sacher-Masoch, 1870). La protagonista siempre llevaba un abrigo de marta cibelina; me interesé por todos los estudios sobre la novela y sus ilustraciones eróticas, como las que hicieron Dalí y Suzanne Balivet. Es posible que alguien esté interpretando a la rusa de la isla del Barón con las características de Wanda ¿Será una argucia publicitaria de algún grupo pro defensa del Mar Menor?.»

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